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Petra, La Ciudad Perdida


1000 años antes de la llegada del profeta, los nabateos, un reino árabe antiguo e inteligente como no ha habido otro, aprendía las ventajas de vivir en el desierto y levantaba su capital en un lugar mágico. Los romanos la llamarían Petra. Cuenta la historia que el reino nabateo nació en la ciudad-estado de Petra, un lugar rodeado de un desierto que, a diferencia del sahariano de palmeras y dunas de arena, se extiende entre montañas y llanuras de piedra descarnada. Estamos en el desierto de la "Arabia pétrea", como así lo llamaron los romanos. Los nabateos, una tribu nómada que provenía del actual Yemen, comprendieron muy pronto que domesticando al camello, un animal capaz de pasar muchos días sin beber y de transportar 200 kilos sobre su lomo a una velocidad de 40 kilómetros al día, haría transitable el desierto.

Si esos 200 kilos eran de incienso, oro, sedas u otras mercaderías codiciadas en la época, además de reportarles riqueza les daría poder, convirtiéndolos en los "señores" del desierto y de las rutas comerciales. Los nabateos crearon las rutas caravaneras, y Petra sería el centro de aquella red de sendas comerciales que recogían las mercancías que venían por mar desde India y China para trasladarlas pasando por Petra hacia el Mediterráneo, y luego ser distribuidas por los principales puertos del mundo grecorromano. Petra, sabiamente administrada por los reyes nabateos, vivió siglos de esplendor y se convirtió en una leyenda. Pero a mediados del siglo I después de Cristo, el eje caravanero empezó a desplazarse hacia Palmira y Gerasa, lo que le restó importancia. 


El declive del reino nabateo propició la conquista romana, más o menos tolerada o consensuada por los propios nabateos, que eran demasiado inteligentes como para perder la vida defendiendo una ciudad que empezaba a ser sustituida en las preferencias de las caravanas. En los años sucesivos, y especialmente con la llegada de Trajano al trono, Petra volvió a revivir años de fama y prosperidad. Fue nombrada metrópolis y embellecida con una columnata y numerosos edificios de belleza desconocida en aquella época. Décadas después del reinado de Adriano, Petra comienza un lento pero inexorable declive. Perdió su rango de metrópoli para ser convertida en colonia romana, y más adelante en capital de la provincia de la Palaestina Tertia. Para colmo de males, en el año 363 un violento terremoto derribaría gran parte de todo lo construido por los romanos. Pero aun estando semiderruida, la belleza de Petra volvería a conquistar la mirada y el corazón de una nueva potencia emergente, el imperio bizantino, que la nombraría sede obispal y construiría una basílica y varias iglesias con magníficos mosaicos. 200 años más tarde, en 551, un nuevo terremoto devastador arrasaría Petra, que quedó casi deshabitada para, años después, ser brevemente ocupada durante la época de las cruzadas y abandonada tras la derrota de éstos a manos de Saladino. Petra quedó desierta y cayó en el olvido. En sus ruinas abandonadas se establecieron grupos de beduinos que en el interior de aquellas tumbas y templos derruidos encontrarían un magnífico resguardo para sus familias y rebaños, así como los abundantes depósitos de agua que los nabateos habían construido durante su reinado. Próximos a Egipto y conocedores de lo que allí estaba ocurriendo, los beduinos guardaron en secreto la existencia de Petra por temor a que llegaran los cazadores de tesoros y antigüedades. 


Gracias a este celo, la ciudad se mantuvo intacta durante siglos y sólo la curiosidad de un joven explorador suizo sería la causa de que 700 años más tarde la humanidad rescatara felizmente este lugar mítico, este tesoro cultural, tal cual había quedado tras ser abandonado por última vez. Petra, a pesar de ser citada en la Biblia con el nombre de Sela (roca, en hebreo), sería olvidada y su nombre quedaría como el de una princesa de un cuento: a mitad de camino entre la leyenda y la imaginación de viajeros y contadores de historias antiguas. Al fondo del valle ocupado por Petra hay una montaña, y sobre ella, una tumba-mezquita. Es ahí donde, según la tradición musulmana, está enterrado Aarón, el hermano de Moisés. A los pies de esa montaña dormiría un sueño de siglos la capital del reino árabe que fascinó al viejo mundo. Hasta que en 1812 un viajero muy especial cruzara aquellas tierras nabateas. Aquel viajero, que vestía ropas árabes y se hacía llamar Ibrahim Ibn Abdallah, era en realidad un explorador suizo, Johann Ludwig Burckhardt, que, comisionado por la Asociación Africana del BFO -British Foreign Office-, estaba preparando una expedición a algunas zonas desconocidas de África. Para llevar a cabo este encargo del BFO, Burckhardt se había estado preparando durante varios años. Estudió astronomía, medicina, botánica y, sobre todo, árabe. También se había entrenado haciendo largas caminatas, ayunando y durmiendo a la intemperie bajo condiciones extremas. Posteriormente, había marchado a Siria, donde durante dos años estudió las costumbres y tradiciones islámicas para poder hacerse pasar por musulmán. Tanto se interesó por el Islam, que su conocimiento le permitiría mantener doctas discusiones con autoridades religiosas musulmanas, las cuales apreciaban en gran medida sus opiniones. 


Pero Burckhardt fue capaz de llegar tan lejos y hacer todo aquello no porque se lo encomendara el BFO, sino porque le sucedió lo mismo que posteriormente le pasaría a Lawrence de Arabia: amaba por encima de todo a la cultura árabe y respetaba profundamente las enseñanzas del Corán, aunque no compartiera algunas. Visitando la fortaleza cruzada de Shobak, Burckhardt oyó hablar de una ciudad muerta poblada de tumbas, templos y palacios esculpidos en la roca viva de unas montañas. También oyó que no se podía llegar hasta allí porque casi nadie sabía dónde estaba y, además, era custodiada por beduinos armados poco amigos de extraños y curiosos. Aquella revelación constituía un enigma que Burckhardt no se resistiría a averiguar. La excitación corría por su cuerpo y no podía conciliar el sueño. Cuando supo que atravesar la ciudad muerta era el único camino posible para llegar a la montaña en cuya cumbre se encontraba la tumba del profeta Aarón, trazó un plan perfecto. Tras arduas pesquisas, logró enterarse de cuál era el camino a la tumba de Aarón. Compró un cordero y le dijo a su guía que deseaba sacrificarlo en la tumba del profeta. Después de días caminando y consultando a los nómadas que se cruzaban por el camino, una buena mañana el guía paró en seco y, extendiendo su cayado en dirección a una montaña, le susurró al explorador que habían llegado. 


Ambos hombres, con los ojos abiertos como platos, miraban inmóviles, en silencio, la gran grieta que daba acceso al desfiladero del Siq: el camino más sobrecogedor que existe en este planeta. En la época de los reptiles gigantes, una sacudida telúrica, un terremoto de violencia inimaginable, había partido la montaña en dos provocando una grieta de kilómetro y medio de largo; tan limpia, que parecía haber sido hecha con un único y certero golpe de hacha. Superado el asombro, Burckhardt comenzó a internarse por el Siq. No era prudente detenerse, pues los beduinos acechaban, pero la belleza del lugar y los restos arqueológicos que yacían por doquier quebrantaban su voluntad. Se paraba a cada paso, levantando las sospechas incluso de su propio guía acerca de sus verdaderas intenciones. En las paredes del desfiladero se apreciaban grafitis y betilos -esculturas religiosas nabateas- que el suizo no podía reconocer. A pesar de ser un experto, nunca había visto nada semejante en ningún libro ni conocía que se hubiera ilustrado nada parecido. El desfiladero termina bruscamente tras un recodo… y se abre el telón. En el suelo se veían restos de una calzada antigua, y entre los cascotes, trozos de cerámicas de diferentes estilos, alguno de ellos desconocido. ¿Qué extraño lugar era aquel?Nómada El momento parece decir: "Viajeros del mundo entero: he aquí Petra. Siguió recorriendo el Siq hasta que al cabo de una hora, girando en un recodo del camino, por arte de magia, emergió como una aparición la vista más sobrecogedora que nunca pudo imaginar: un mausoleo tallado hace 2000 años en una montaña de arenisca roja, una joya del arte helenístico. Al desembocar por fin en un valle, Burckhardt recordó un texto de Plinio el Viejo que decía así: "Los nabateos poseen una ciudad llamada Petra, asentada en un valle de algo menos de 2000 pasos de ancho y rodeada de montañas inaccesibles y atravesadas por un río." No cabía duda: aquella ciudad muerta por la que estaba caminando era Petra, la capital del reino de los nabateos.

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